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Transtornos de la Conducta


TRASTORNOS DE CONDUCTA 

Concepto

Nos ocuparemos aquí de cuadros como el robo, las fugas ("rabona", "novillos", y la mentira, que afectan a la relación del niño con el entorno escolar y repercuten directamente en el aprendizaje, pues provocan diversas reacciones en el medio que ponen a prueba a padres y educadores. No incluiremos ciertos cuadros, a menudo descritos como trastornos del comportamiento, pero que parece mejor situar en otros capítulos, así ocurre con la inestabilidad y la inhibición psicomotoras, que se describen en los trastornos de la motricidad.

Etiopatogenia

Antes se pensaba que la naturaleza de estos trastornos era constitucional (A. Delmas, Lombroso, Dupre); hoy, aunque sin olvidar la parte de la herencia en sus orígenes, se piensa más en "su naturaleza simbólica y sus relaciones con las perturbaciones afectivas de la niñez". En este contexto, K. Friedlander sitúa "experiencias precoces no satisfactorias marcadas por alternancias incoherentes de gratificaciones y de frustraciones, impidiendo al Yo regularse en el principio de realidad"; M. Klein interpretó los comportamientos disociales como "la búsqueda incosciente de un Superyo externo, centrado en el castigo, más clemente que el Superyo interno pregenital y terrorífico"; J. Bowlby (27) ha mostrado la influencia de las separaciones precoces de la madre señalando que el objetivo de los comportamientos alterados sería "facilitar el reencuentro con la figura de afecto y evitar toda ulterior separación"; para Winnicott (28), "cuando en un niño se manifiesta la tendencia antisocial, sabemos que el niño alberga cierta esperanza de hallar el modo de llenar el vacío. Este vacío se produjo al truncarse la continuidad de la provisión ambiental en una fase de dependencia relativa. En todos los casos antisociales ha existido esta interrupción cuyo resultado ha sido la detención de los procesos de maduración y la provocación en el niño de un doloroso estado clínico de confusión.(...). La perversidad desaparece cuando el vacío queda lleno", este mismo autor (25) dice "es como si el niño buscara algo digno de ser destruido (29) inconscientemente busca algo bueno que ha perdido en una etapa previa y con el que está enojado precisamente porque lo perdió"; Aichkorn (citado por A. Freud (2)) piensa que "el niño desamparado o abandonado se resiste a todo intento de incorporarlo al ambiente humano que lo rodea. No logra inhibir sus impulsos a las satisfacciones instintivas, no atina a deducir de sus pulsiones sexuales una cantidad suficiente de energía para aplicarla a otros fines más apreciados por la sociedad. Por eso se niega a tolerar las restricciones que rigen en la comunidad contemporánea, sustrayéndose, en consecuencia, a la participación en toda labor común en el seno de ella".

Los trastornos del comportamiento no son patológicos en sí mismos, sino que en su persistencia más allá de una edad, marcando una carencia de evolución o una regresión del Yo, lo que los convierte en señales de patología.

Principales manifestaciones

La mentira

En los niños menores de seis o siete año es más conveniente hablar de "pseudomentira" que de mentira, pues hasta esas edades no se ha adquirido la noción de lo verdadero y lo falso ni de lo imaginario y lo real. Esta adquisición es progresiva y dependiente tanto del medio familiar como del desarrollo psicoafectivo. Nos centraremos en las mentiras que atañen a la vida escolar y en su significado psicopatológico (8).

­ Mentiras individuales. Son de carácter "defensivo" y consisten en la ocultación a los pades de los deberes y las notas, falsificación de éstas últimas o de firmas y mentiras al maestro para justificar la no realización de las tareas; están motivadas por el miedo, por la necesidad de evitar un castigo. Cuando el niño es descubierto, los padres se empeñan en que diga la verdad, la reacción más frecuente del chico será la de negación o el mutismo que, más la expresión de perseveración, son las únicas respuestas compatibles con la tensión ansiosa que experimenta al ser cogido en falta; la angustia del niño y la agresividad del entorno pueden avocar al primero en un círculo vicioso con el consiguiente deterioro de la relación con los padres, no siendo la mentira repetida otra cosa, que la prueba de que falla la adaptación a la escuela; si no se realiza un esfuerzo por entender lo que subyace, la escisión sigue agravándose. Habrá que tratar de discernir si se trata de un niño hiperemotivo con grandes necesidades de seguridad o bien un inestable que rehuye el esfuerzo, si son excesivas las expectativas de los padres con respecto a la escolaridad o si la escuela es demasido competitiva. Si se actúa sin complicidad, pero sin dar una importancia exagerada a la mentira, el niño aceptará mejor decir la verdad o por lo menos no volverá a mentir. La mentira escolar es la que plantea más espectacularmente el problema de la adaptación del niño al colegio, pero en este medio puede manifestarse también la "mentira neurótica" cuya función es compensar de manera imaginaria una inferioridad o una insuiciencia.

­ Mentiras colectivas, por ejemplo, cuando todos los niños se hacen cómplices para negar una orden del maestro u ocultar al autor de un desaguisado. El niño se verá escindido entre las exigencias de la moral social, representada por el maestro y las de la moral del grupo que conlleva la fidelidad absoluta al mismo.

­ La copia, por ejemplo, de otro compañero, de una "chuleta" o del libro. Cuando el maestro la advierte, el denunciado emite un torrente de mentiras en el que está implicado el que copia, aquel de quién se copió, los que les rodeaban, etc. Si para el que copia se trata solamente de una actitud de miedo enmascarado o de un fanfarronada, para aquel de quien se copió representa un conflicto entre la moral social y la moral del grupo que exige delatar (26).

Las fugas del escolar

El niño que "hace novillos" dedica las horas en que debería estar en clase a recorrer lugares que le son más interesantes que las obligaciones escolares de las cuales no espera nada bueno; cumplido el horario de clases vuelve a casa; si la familia no lo advierte, la cosa se repite de cuando en cuando hasta que el aviso del colegio le pone fin. Entonces, si la familia está normalmente constituida y equilibrada y, si el niño también es normal y evoluciona armoniosamente, se tratará solo de incidentes pasajeros, pero si es repetido y no lo suprime una buena actitud educativa, la fuga se convierte en patológica.

Pueden observarse en el escolar dos tipos de fugas:

­ la del niño que procede de un hogar disociado y que se siente mal en cualquier colectividad que exija cierto grado de disciplina, no siendo raro que pase de la inadaptación escolar a la fuga habitual, de ésta al vagabundeo y, más tarde, a la delincuencia.

­ la del niño que procede de un hogar estable pero que, por diversas razones, desde los primeros años se encuentra en oposición a la escuela de la que huye; estos niños experimentan inquietud en relación al colegio que se imbrica con reacciones de oposición, a la vez que se siente deprimido por el fracaso y, en consecuencia, agresivo; se encuentra en un callejón sin salida y la única solución fácil que se le ofrece es la fuga.

El robo

Al igual que para la mentira, no se puede hablar de robo hasta los seis o siete años; al niño más pequeño le pertenece todo lo que necesita, lo que desea y en el momento que lo desea, coge todo lo que le interesa y se lo apropia, interesándole más aquello que pertenece a otro, pues su interés por las cosas pasa por el interés del otro.

Lo más habitual es que el escolar robe, fuera de su medio familiar, a las personas conocidas, su maestra o los compañeros; les robará dinero o diversos objetos generalmente cargados para él de un significado simbólico. A veces, la conducta se lleva a cabo sin angustia ni culpabilidad, pudiendo surgir la culpa tras el robo; es frecuente que sea el comportamiento del propio niño lo que le delate (robos autopunitivos de Alexander y Staub). El destino de lo robado puede ser su utilización o bien el ser escondido sin servirse de ello, haciendo un tesoro de lo robado, no es raro que el objeto pierda interés para él una vez conseguido, también puede tratarse de un robo generoso destinado a comprar cosas a los amigos.

Los factores afectivos (carencia o separación) están casi siempre presentes en la génesis de los robos repetitivos; se ha implicado también la mala integración en la sociedad del grupo de origen del chico. A veces, los robos se inscriben en un futuro psicopático, en estos casos suele asociarse a otros trastornos del comportamiento, sobre todo a las fugas (26).






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